El Pedregal y el bosque: mil setecientos años sobre lava del Xitle
El bosque está asentado sobre el Pedregal de San Ángel, un sustrato basáltico que se formó cuando el volcán Xitle erupcionó entre los siglos III y IV de nuestra era. Sin la lava no habría bosque tal como lo conocemos.

Las erupciones del volcán Xitle ocurrieron aproximadamente entre los años 250 y 300 d.C., en el extremo sur del Valle de México. La lava cubrió cientos de kilómetros cuadrados al sur de lo que hoy es la zona metropolitana, sepultando asentamientos prehispánicos —entre ellos Cuicuilco— y dejando un sustrato basáltico irregular, rico en cavidades y de drenaje rápido. Sobre ese sustrato se desarrolló durante siglos el ecosistema conocido como Pedregal de San Ángel.
El Bosque de Tlalpan conserva una muestra de ese ecosistema en sus 253 hectáreas. La vegetación dominante combina dos comunidades vegetales contrastantes: el encinar —bosque de oyamel y encino que prospera en las zonas más sombreadas— y el matorral xerófilo, adaptado a las condiciones secas y al sustrato rocoso del pedregal. La coexistencia de ambos ecosistemas en una misma superficie es lo que da al bosque su valor ecológico singular.
El censo biológico vigente registra 206 especies vegetales, de las cuales 51 son árboles. La fauna incluye 141 especies de vertebrados y aproximadamente 83 especies de aves, de las cuales 41 son migratorias. Hay registros de más de mil especies de artrópodos y 60 de mariposas. La especie endémica más significativa es el cincuate (Pituophis deppei), una serpiente del centro de México cuya presencia confirma la continuidad histórica del ecosistema.
Que un fragmento del Pedregal sobreviva en pleno corazón de la zona metropolitana es resultado de tres factores combinados: la dificultad geológica del terreno —que retrasó su urbanización—, la reforestación impulsada por Alberto Lenz a principios del siglo XX, y la protección formal otorgada por el decreto federal de 1997. Sin cualquiera de los tres, el bosque difícilmente existiría hoy.

